La herencia gastronómica de las pizzas, pastas y bodegones porteños
La saga de la pizza porteña
La pizza llegó a Buenos Aires con la masiva inmigración italiana en el siglo XIX, especialmente desde Génova y Nápoles. La pizza al molde, de masa gruesa y abundantemente cubierta de mozzarella, es un sello propio de la ciudad.
En 1893, el inmigrante genovés Agustín Banchero abrió una panadería en La Boca. Su hijo Juan creó allí la fugazza con queso (masa con cebolla y queso), y luego la evolución llamada fugazzetta. Estas recetas se convirtieron en iconos locales entre fines del XIX y comienzos del XX.
Otros locales emblemáticos incluyen:
Angelín (1938): reconocido por su “pizza de cancha”, de gran diámetro, y su estilo medio masa en horno de leña.
Otras joyas históricas: La Mezzetta (1939), Las Cuartetas (1932), Pin Pun (1927), Burgio (1932), Nápoles (1955) y El Fortín (1962), entre otras.
Algunas de estas pizzerías han sido reconocidas oficialmente como patrimonio cultural porteño.
Pastas con alma porteña
Las pastas —como ravioles, ñoquis, canelones, tallarines, fettuccini o capelletti— llegaron con los inmigrantes italianos y se adaptaron al gusto local.
Hoy en Buenos Aires es típico comer ñoquis el 29 de cada mes, con un “ritual” que incluye dejar dinero bajo el plato, en honor a San Pedro y San Marcos.
También se crearon platos autóctonos como los sorrentinos —pastas rellenas más grandes que un raviol— cuyo origen se disputa entre Mar del Plata y Buenos Aires. Se atribuye la creación a inmigrantes de Sorrento.
En Buenos Aires, la pasta se sirve "all’uso nostro" —es decir, "a nuestro estilo"— con abundancia de salsa, muchas veces junto con pan para absorber el tuco, algo poco común en la tradición italiana original.
Desde los años 30 o 40, los platos de pasta casera como ravioles o fettuccine fueron protagonistas de los almuerzos familiares, amasados por la “nona” y acompañados con salsa boloñesa o pesto.
Bodegones: custodios de sabor y memoria porteña
Los bodegones son restaurantes que mezclan la tradición italiana y española; nacieron con los inmigrantes a fines del XIX y ganaron popularidad hacia los años 30.
Espacios auténticos, donde la decoración—viejas fotos, banderines de fútbol, jamones colgando, botellas de vino—y los mozos de oficio le dan carácter único.
En su carta, encontrarás pastas frescas con toda clase de salsas, tortillas españolas, milanesas, estofados, mariscos, y platos de origen hispano-italiano, como el rabo de toro o mejillones provenzal.
Se trata de verdaderos “dialectos culinarios” donde platos europeos se reversionan con ingredientes locales. No son sólo recuerdos nostálgicos, sino parte de la identidad porteña actual.
Un vistazo actual: eventos y lugares para seguir paladeando esta tradición
Bodegonmanía: un festival reciente que reúne 35 bodegones de la ciudad y el conurbano, ofreciendo pastas para dos personas a un precio accesible (unos \$13.000), ideal para redescubrir sabores clásicos.
Algunos bodegones destacados por su pasta sublime:
Albamonte (ubicado en Chacarita desde 1958): famoso por sus ravioles de verdura, pollo y seso, y su estética porteña de bodegón.
Otros clásicos como Spiagge di Napoli (Boedo) y Pippo (centro), ofrecen desde fideos con tuco hasta sorrentinos y lasaña.
Conclusión
La herencia de las pizzas, pastas y bodegones de Buenos Aires es un cruce cultural donde se mezclan raíces europeas y adaptaciones criollas. Desde la fugazza con queso o la pizza de cancha, hasta los sorrentinos únicos, pasando por bodegones que son parte de la memoria colectiva: todo refleja un legado que no es estático, sino siempre vivo y en evolución.
0 Comentarios